El comienzo de la aventura
Cuando al fin llegamos a una especie de esquina se detuvo, me miro fijamente y su sonrisa se esbozo como un día soleado, no entendía pero le devolví la sonrisa porqué era nuestro lenguaje favorito. Miré al cielo y aún las gotas caían en mi cara como una bendición, ella tomo de mi mano y me pidió cerrar los ojos, por supuesto le hice caso. ¿Cómo iba a decirle que no? Es Iri, hasta podría deducir que ella conjuro a la lluvia para que salgamos a jugar juntos.
Ahora con mis ojos cerrados íbamos caminando más despacio y podía sentir el olor a tierra mojada muy fuerte, parecía estábamos llegando a algún lugar misterioso, el sonido de la lluvia cayendo parecía cesar y escuchaba susurrar a Iri, entramos a un sitio y el ruido de las maderas en el piso hacía eco, pero me insistía en que no debía mirar; por suerte escuchaba su risa y eso me animaba.
Mientras nos secábamos y ella permanecía en silencio me llamo la atención una pintura que había hecho, era un árbol enorme, tenia muchas mandarinas en sus ramas y parecía alzarse hasta el cielo, era digno de ser escalado como la travesía más épica que cualquier niño pudiera hacer. Voltie a verla y estaba mi querida amiga mirándome e insinuando algo, y en este punto no necesitábamos dialogo porqué ambos entendíamos lo que el otro estaba pensando.
"¿Cuando?" pregunté de una manera efusiva casi gritando, ella sonrió con calma mostrando sus hoyuelos y sacó una especie de papel de una de sus camperas. como si hubiera esperado toda la tarde el momento perfecto para hacerlo.
Irina: necesito compartir esto solo con vos
Ella revoleo sus ojos para todos lados como si los duendes o espíritus del jardín fueran a robarnos información secreta, estampó el papel en una pequeña mesita y exclamó: "He aquí, mi querido, lo que tanto hemos anhelado".
Saco una especie de boceto todo arrugado con ciertas marcas y pequeños dibujos, "¿Un mapa?" Pregunte tan incrédulo como si nunca hubiera visto uno. "Tenés un mapa" dije con total certeza y con mis ojos saltando. Los pajaritos que estaban sobre nuestra casita de madera se fueron volando, Iri puso su dedo en sus labios e hizo como la lechuza, volvió a mirar atrás suyo y esta vez de forma muy seria comenzó a hablarme.
El atardecer entraba por la ventanita que teníamos justo a un lado lo que hacía más místico este momento de dos amigos que parecían encontrar la magia, un secreto que parecían conocer solo ellos dos en todo el mundo, como si esa sola charla resignificara el resto de sus vidas.
Iri: Es algo que empecé a soñar hace unos días, aparecía en muchísimas de mis meditaciones, tuve la obligación casi absoluta de dibujarlo.
Iri: Exacto, sé que ese árbol es real
Lucas: Pero hay muchos árboles de mandarinas Irina
Iri: ¡No! ¡Ese es único!
Lucas: Tenemos que encontrarlo entonces
Los ojos color chocolate de Irina se iluminaron como un faro y dirigió su mirada a la ventana mientras se escuchó un ruido muy extraño, me di vuelta lo más rápido que pude y ella guardó su boceto mágico en los bolsillos, nos quedamos absortos durante unos segundos y decidimos salir al patio nuevamente para ver que ocurría. Las plantas, hojas y flores del jardín se movían todas hacia una dirección como si alguien hubiera pasado por ahí a mucha velocidad. Nos miramos fijamente sin decir una palabra pero intuíamos lo mismo.
Ahora que lo pienso ese patio se veía aún más grande de lo que yo recordaba, era muy verde y lleno de plantas, había unos árboles al final que parecían no dar a ningún lado, sin embargo llamaban poderosamente la atención. La tarde acostumbraba a desaparecer entre sus ramas y hojas como un ultimo suspiro antes de que salga la noche pero esta vez era diferente porqué era un día lluvioso y nublado, y no sé si fue por el extraño ruido o la increíble revelación de mi dulce amiga que parecía que había algo fuera de lo común en el aire. Me quedé hipnotizado mirando aquel rincón rodeado de árboles, la lluvia volvía a caer pero esta vez parecía abrazarnos y formar una especie de camino hacia aquel lugar.
Miré casi por ultima vez la casa de Iri o al menos sin saberlo porqué apenas me di cuenta agarró mi mano con mucha fuerza, y empezó a correr como lo hacía en nuestras carreras, no me dio tiempo ni a pronunciar una palabra. En las apuradas por no tropezarme mientras me llevaba pude ver un sombrero escondido entre las hojas, mojado y sucio, me pareció tan extraño y llamativo que lo tomé sin pensar. Pudimos ver como entrando debajo de esos dos árboles al final del jardín había una especie de cueva, era tan pequeña pero por alguna extraña razón empezamos a caer tan rápido que solo llegue a gritar "IRIIIIIIIIIIIIIIIIIIINAA!" mientras mis cachetes se inflaban con el viento de nuestra caída.
Nos abrazamos mientras gritábamos sin entender nada de lo que estaba pasando, tenia tanto miedo que no quería soltarla ni a ella ni al sombrero, que por alguna razón ya lo sentía como un amigo, sin embargo este ultimo empezó a subir debido a que no pesaba tanto como nosotros y por reflejo estire la mano para sujetarlo de una punta, lo cuál Iri hizo lo mismo en ese preciso instante; a veces era sorprendente como pensábamos lo mismo casi en simultaneo. Lejos de reaccionar como yo esperaría el sombrero empezó a estirarse como si fuera uno de esos inmensos globos en donde la gente vuela, se infló tanto pero tanto que empezamos a planear aunque justo antes de tocar el suelo escuchamos un estornudo muy fuerte, terminamos aterrizando abruptamente mientras el sombrero se posó suavemente en mi cabeza como si hubiera sido su intención verdadera.
Iri cayó sobre mi lo que provocó su risa, era como si nunca tuviera miedo y siempre fuera una aventura constante estar a su lado pero por suerte escucharla así siempre me daba tranquilidad. Frente a nosotros había una puerta, con un cristal que traslucía la luz de afuera, ambos chocamos nuestras cabezas por apurarnos a querer ver lo que había del otro lado, a veces el entusiasmo nos ganaba. Irina abrió la puerta con extrema paciencia y lentitud haciendo que mi ansiedad se dispare. Nos dimos cuenta no llovía, al menos acá porqué enseguida una luz muy fuerte nos encandiló, sin embargo resultaba que era una especie de farol, como esos que se ven en las calles.
Un nuevo mundo
Salimos poco a poco de esa especie de portal en forma de tronco de árbol, la puerta era de madera y parecía de otra época, estaba llena de raíces y enredaderas haciendo que estuviera perdida en la vegetación, al salir había muchísimas pero muchísimas plantas casi parecía un bosque aunque un silencio absoluto lo invadía todo. Ese farol parecía abandonado hace tiempo y se camuflaba entre tantas hojas, no obstante al ser de noche se tornaba un poco lúgubre. La puerta se azoto detrás nuestro haciendo que nos exaltemos y un escalofrío nos invada todo el cuerpo, ahí entendimos que no podíamos volver por el mismo camino.
¿Vamos? Dije sorprendido-
¡Si! y se señaló el bolsillo donde estaba ese boceto mágico.
"Me dijiste que iríamos a buscarlo" volvió a retrucar ella.
Bueno, bueno pero ¿por dónde empezamos? Pregunté.
Parece muy oscuro este bosque pero eso hace que se puedan ver con mayor facilidad las luciérnagas, siempre son señal de buena suerte -exclamó Iri siempre tan intuitiva. Y efectivamente era cierto, había muchas libélulas e insectos volando a nuestro al rededor, hacían un orquesta sinfónica con las ranas de fondo. Ella cada tanto miraba su mapita y mientras se mordía sus labios sus ojos se achinaban y observaba lo más lejos que la noche nos permitía ver, realmente estaba decidida y eso me causaba gracia.
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